Hola!!Soy yo, nuevamente, Mafer =)
Mientras esperaba que mi computador se encendiera, tomé un libro de los que tengo sobre mi escritorio, y alcancé, justo uno de Gabriel García Márquez (bueno, en realidad de los 17 libros que tengo aquí, 1 es un diccionario, 1 de historia universal y 7 de mi ídolo, Gabito, así que ya comprenderán porqué justo el que tomé era de éste escritor), era “Doce Cuentos Peregrinos”, un libro que me encantó, es la recopilación de varios cuentos e investigaciones periodísticas que él realizó, y hay un par de cuentos, en particular de éste libro que me recuerdan a mi novio, que son: “El avión de la bella durmiente” y “El rastro de tu sangre en la nieve”.
Aquí, les dejo uno de esos 2 cuentos: “El avión de la bella durmiente”, espero lo disfruten y lo lean, es muy entretenido y uno nunca se imaginaría lo que realmente llegaría a suceder en su final.
Te amo mucho, mi vida n_n eres el mejor hombre de todo el mundo, lo sabias, no? ah! Claro que sí, porque yo siempre te lo digo, jujuju te amo demasiado n_n
Sin más que decir, aquí está el cuento…
“EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE”
(Gabriel García Márquez) [Texto Completo]
Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. <>, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva Cork en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. <>, me dijo. <> Siguió con la vista fija en la pantalla de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
-Me da lo mismo –le dije con toda intención-, siempre que no sea al lado de las once maletas.
Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
-Escoja un número –me dijo-: tres, cuatro o siete.
-Cuatro.
-En quince años que llevo aquí –dijo-, es el primero que no escoge el siete.
Marcó con la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el estro de mis papeles mirándome por primera vez con ojos color uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
-¿Hasta cuándo?
-Hasta que Dios quiera –dijo con su sonrisa-. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vamos cementos de Roissy devastado por los leones. Después de mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley había desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar del medio de aquellas hordas masas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
A la hora de almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada que comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pudieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helados de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían sillas sobre las mesas, a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva Cork, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. <>, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
Se instalo como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues solo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, durante las 8 horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva Cork.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante del hechizo de aquella criatura de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiana que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, y aún así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio todo lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era estable, que en cierto momento tuve le inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
-A tu salud, bella.
Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrella. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de sus sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenia en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfecta sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años, me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. <>, pensé, repitiendo en la cresta de espumas de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que solo podía ser el olor de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bella de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
-Quién iba a creerlo –me dije, con el amor propio exacerbando champaña-: Yo, anciano japonés a estas alturas.
Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás de mí yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté la dicha mezquina de no recogerlos.
Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. <>, me dije, con un gran desprecio. <<¡Porqué no nací Tauro!>> Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios de aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que en los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse si quiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.
(Gabriel García Márquez) [Texto Completo]
Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. <
Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. <
-Me da lo mismo –le dije con toda intención-, siempre que no sea al lado de las once maletas.
Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
-Escoja un número –me dijo-: tres, cuatro o siete.
-Cuatro.
-En quince años que llevo aquí –dijo-, es el primero que no escoge el siete.
Marcó con la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el estro de mis papeles mirándome por primera vez con ojos color uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
-¿Hasta cuándo?
-Hasta que Dios quiera –dijo con su sonrisa-. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vamos cementos de Roissy devastado por los leones. Después de mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley había desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar del medio de aquellas hordas masas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
A la hora de almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada que comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pudieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helados de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían sillas sobre las mesas, a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva Cork, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. <
Se instalo como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues solo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, durante las 8 horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva Cork.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante del hechizo de aquella criatura de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiana que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, y aún así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio todo lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era estable, que en cierto momento tuve le inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
-A tu salud, bella.
Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrella. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de sus sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenia en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfecta sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años, me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. <
-Quién iba a creerlo –me dije, con el amor propio exacerbando champaña-: Yo, anciano japonés a estas alturas.
Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás de mí yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté la dicha mezquina de no recogerlos.
Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. <
Junio 1982
Bueno, imagino que se preguntan porqué esto me recuerda a mi novio, no? les respondo entonces, todo lo que hago, pienso, leo, dibujo, canto, entreno, ensayo, todo, todo lo que hago, lo hago pensando en mi novio, porque es quién me da las fuerzas para seguir adelante, quien me da su apoyo incondicional, aunque muchas veces difiera de lo que hago (por ejemplo el karate, no le gusta cuando termino llena de golpes jejeje)… pero que aún así me apoya incondicionalmente en todo lo que hago n_n por eso él, es el mejor hombre y novio de todo el mundo =3
Esto más que nada es lo que yo sentía antes de que estuviéramos juntos como novios, yo creía que él no se daba cuenta de lo que yo sentía, y me rectificó mil veces, que no se daba cuenta jajaja, nos pasaba a ambos en realidad, nunca me le declaré porque yo creía que iba a rechazarme y no quería perder esa amistad tan valiosa que tenía con él, hasta que me armé de valor para decirle. En ese momento ya no me importaba nada, si me dijera “no, mafer…” o “sí, mafer, tu también”, me preparé para cualquiera de las dos respuestas y todo, incluso el cómo reaccionar si me dijera que no, tomaría la iniciativa y le diría enseguida “jajaja cómo crees que alguien como tú podría gustarme?! Solo era una broma!! Jah! Caíste!!” jejeje y desde ese momento, en el que él correspondió lo que yo sentía, que tamos juntos n_n
A veces solo me juntaba con César, aunque fuera para pelear, olvidarme de todo lo que pasaba y sólo estar con él, encerrarme en una burbuja que aún está cuando nos vemos, todo desaparece, somos solo él y yo… era algo que me hacía sentir bien, que me hace sentir bien, me llena, me hace sentir alegre, aunque discutiéramos, que en realidad eran discusiones por boberías xD porque César es muy competitivo y yo también, así que somos una pareja explosiva, jujuju, te amo mucho mi cielo!! Nunca nos separaremos, pase lo que pase, te lo prometo…besos y abrazos para ti!!! Te adoro demasiado!! =3
Esto más que nada es lo que yo sentía antes de que estuviéramos juntos como novios, yo creía que él no se daba cuenta de lo que yo sentía, y me rectificó mil veces, que no se daba cuenta jajaja, nos pasaba a ambos en realidad, nunca me le declaré porque yo creía que iba a rechazarme y no quería perder esa amistad tan valiosa que tenía con él, hasta que me armé de valor para decirle. En ese momento ya no me importaba nada, si me dijera “no, mafer…” o “sí, mafer, tu también”, me preparé para cualquiera de las dos respuestas y todo, incluso el cómo reaccionar si me dijera que no, tomaría la iniciativa y le diría enseguida “jajaja cómo crees que alguien como tú podría gustarme?! Solo era una broma!! Jah! Caíste!!” jejeje y desde ese momento, en el que él correspondió lo que yo sentía, que tamos juntos n_n
A veces solo me juntaba con César, aunque fuera para pelear, olvidarme de todo lo que pasaba y sólo estar con él, encerrarme en una burbuja que aún está cuando nos vemos, todo desaparece, somos solo él y yo… era algo que me hacía sentir bien, que me hace sentir bien, me llena, me hace sentir alegre, aunque discutiéramos, que en realidad eran discusiones por boberías xD porque César es muy competitivo y yo también, así que somos una pareja explosiva, jujuju, te amo mucho mi cielo!! Nunca nos separaremos, pase lo que pase, te lo prometo…besos y abrazos para ti!!! Te adoro demasiado!! =3
¡César y Mafer!
Muchas Gracias, a todos por leerme =3
Bye n_n
Notar enseguida
Los pequeños cambios
Ayuda a adaptarse
A los cambios más
Grandes que están
Por llegar.
¿Quién se ha llevado mi queso?
(página 67)
Spencer Jonson, M.D.
Los pequeños cambios
Ayuda a adaptarse
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Grandes que están
Por llegar.
¿Quién se ha llevado mi queso?
(página 67)
Spencer Jonson, M.D.
2 comentarios:
em ps
como te
dije
ya vine
y deje
un coment
...
xD
asi ke
aki sta
byebye
HOLAA *-*
como tan?x3
nia sugoi blog x3
nia :3
y esoo
no aporte
gomene n.n
Ja neee
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